La perversión del intelecto en el ego narcisista

pervers narcissique Independientemente del nivel de inteligencia mental del ego narcisista, éste se pone en una posición de dominación perversa sobre los demás en cuanto es incapaz de vibrar al sonido de quién es el otro. Su orgullo le impide mantener un continuo respeto hacia su prójimo - sin importar si este respeto es moral o vibratorio - lo que le obliga a sentir siempre que tiene que justificar la integridad de lo que cree que es, o quiere ser. Para ello, utiliza todos los trucos intelectuales que puede para convencer a la otra persona de que tiene derecho a ser quien es y a actuar como lo hace. Incluso puede llegar a tener razón en equivocarse para no revelar sus debilidades. Tal ego siempre necesita sentirse como un conquistador o un ganador frente al otro, sin importar la situación o la discusión. Aunque su victoria y su grandeza sean ilusorias, se defiende internamente de actuar como lo hace diciéndose a sí mismo que es la otra persona la que tiene un problema y que es generoso tomarse el tiempo para ayudarla.

La perversión del intelecto en el ego narcisista es a menudo sutil y penetrante; su energía duele perniciosamente y perturba. Este manipulador interpreta lo que dice la otra persona según su estrechez de miras y distorsiona los intercambios en su beneficio. Si se le culpa o reprende, hace de víctima o romántico para evitar comprometerse y encontrarse en un callejón sin salida psicológico delante de sí mismo. Hace todo lo que puede para proteger sus convicciones; esto lo hace sentir seguro y le permite seguir viviendo en el retiro narcisista de su ego. Se convence a sí mismo de que lo que hace es bueno para la otra persona, aunque la persona que está delante de él sea completamente arrastrada por sus derivaciones egoístas. Maneja con astucia y juega con las palabras hasta clavar el pico de su oponente ficticio y su víctima, que se agota al enfrentarse a tantas intelectualizaciones perversas. Hará todo lo que pueda para sentir que no está perdiendo la cara y mantener la ilusión de que es grande en la vida.

Cuando el intelecto se pervierte para convertirse en un escudo que sirve para proteger al ego narcisista de lo que no está preparado para ver en sí mismo y en el otro, su energía se utiliza como un arma perversa dirigida a su presa. Este ego se convierte en un abusador oculto que crea daño en los cuerpos sutiles de aquellos que no denuncian esta energía que los viola en su intimidad. Intimida y rompe los cuerpos de aquellos que soportan sus aberraciones. Su lógica llena de razones y justificaciones pervertidas ataca lo más bello de sus víctimas, su verdadera sensibilidad. Pueden eventualmente perder su discernimiento y quedar completamente sujetos a su energía, hasta el punto de desarrollar el reflejo de pensar como él para protegerse de sus ataques.

Las personas que están sometidas a las energías de un ego con un intelecto pervertido no sólo deben tomar conciencia de su situación, sino que también deben aprender a definir sus palabras de tal manera que puedan denunciar la incrustación de estas energías retardadas en su verdugo. Este último utiliza las energías sombrías que le dominan para demostrar que tiene razón, para tener la impresión de preservar su falsa integridad de conciencia... porque es fundamentalmente incapaz de amar. Da rienda suelta a los planos satánicos de la conciencia humana, y al hacerlo, mantiene la mentira del amor astral en su psique. Cree que ama, pero sólo ama a los que se rinden al terror que les impone. Elige con inquietante rigor a las personas que mantiene a su alrededor. Cuando una persona reconoce sus rasgos perversos y narcisistas, le conviene alejarse de él... y mantenerse alejado.

Lo que el ego narcisista y dominado por el intelecto tiene que darse cuenta es que está atrapado al tratar de imponer su visión de la vida a los demás, en lugar de entrar en la fluidez de una realidad mayor. Lo que le obliga es que no puede entrar en la realidad de sus emociones, ya que si lo hiciera, se vería obligado a darse cuenta de que su inteligencia no es el trofeo con el que siempre ha soñado. Además, se vería obligado a lidiar con los sufrimientos que le afligen y que guarda dentro de él, que le roen desde dentro. En general, prefiere no abrirse a estos sufrimientos: es más fácil entrar en una psicología de huida que enfrentarse a ellos y abrirse a sí mismo. Por lo tanto, continúa dando vueltas en círculos en los mismos mecanismos involutivos que le dan una aparente seguridad. Siendo este el caso, sigue siendo fundamentalmente infeliz porque sigue siendo prisionero de sus falsas máscaras que lo ocultan de lo que es.

El trofeo de la inteligencia es muy aburrido si no está aliado con la belleza del amor por el otro. El ego que utiliza su intelecto de manera perversa debe darse cuenta de que está controlado por fuerzas descendentes que colorean sus relaciones con los demás, a su costa. Esto le daría una clara medida de sí mismo y de los vacíos que necesita llenar para poder vivir dentro de una grandeza real de la conciencia - y no en una grandeza ilusoria del ego que hace que otros paguen el precio de sus errores. Entonces podría preguntar a sus seres queridos y a la gente que conoce cuánto pueden descansar cuando él está con ellos. Esto le daría una medida de su capacidad para ajustar su energía para no intimidar a la otra persona.

Un ego que basa su vida en un intelecto pervertido le gusta sentir que puede controlar todo por la fuerza yang de su mente. Olvida el aspecto sensible y tierno de la vida, que corresponde a la forma yin del alma que siempre presenta un reflejo de quién es. Este ego debe dejar de tratar de enseñar a los demás una lección y buscar sus defectos con el objetivo oculto y escondido de darse una razón sobre ellos. Debe comenzar a mirarse a sí mismo con gran transparencia y apertura para dejar gradualmente de difractar la luz que lo habita. Es entonces cuando podrá empezar a vibrar en verdadera armonía con él mismo y con el otro. Sin embargo, antes de llegar a este punto, debe empezar a escuchar lo que el otro está diciendo.

— Sandra Vimont, 4 Enero 2018